Llega fin de año y a todos nos da el síndrome del balance. Empezamos a poner en nuestra propia balanza lo acontecido en el año, a las situaciones que la vida nos ha puesto a lo largo de 365 días.
Juzgamos nuestras acciones como erróneas, acertadas, completas, vacías. Cuestionamos nuestras posturas frente a un mundo cada vez más loco, más desalmado o más cuerdo y feliz, según quién lo mire.
Este año, yo por mi parte, me llevo poco y mucho.
Poco, porque en el camino dejé lo que me lastimaba, me alejé de cualquier existencia, situación, pensamiento y sentimiento negativo o auto destructor.
Mucho, porque tengo una mochila llena de sueños, aspiraciones. Llena de personas que han sabido regalarme en la magia de una sonrisa, un beso, un abrazo o una simple palabra de aliento el verdadero valor de la amistad, el compañerismo y el amor.
Con este modesto equipaje pretendo enfrentar lo que resta del año y hacerle cara al 2016